Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como recuerdos

La ciudad de la melancolía

Imagen
Ha cambiado mucho esta ciudad cercana pero distante. Apenas logro reconocerla entre tanto hormigón, escaparates y personas apresuradas. Alzo la mirada y trato de recordar qué había antes allí; antes de que emergiera el edificio que ahora se asienta sobre los cimientos del pasado. Del ayer tierra mojada y olor a hierba segada; carreras de perros y de niños pegados a una pelota. Del ayer entusiasmo neto contemplar la ría y a sus moradores oteando desde la distancia ¿por qué no? A las gaviotas sobrevolando los barcos que entran al puerto. ¿Dónde y en qué punto se ha perdido el eslabón del ayer? Me es imposible distinguir lo hecho de lo que no ha sido bien hecho. Cualquier monumento levantado en honor a la modernidad o al bienestar, mal entendidos en cualquier caso, deberían hacernos pensar…             Carreteras por aquí y por allá, locura en estas épocas modernas que nos ha tocado vivir. Un enorme río interminable de carrocerías en l...

El río de la melancolía

Imagen
  Corre paralelo a la villa que lleva su nombre, colonizada la contorna por toda clase de árboles, especialmente sauces y alisos. Éstos acunados constantemente por la suave brisa ponderante regalan minúsculos destellos lumínicos filtrados entre las hojas. Los junquillos y las incontables trepadoras crean un vergel tan caprichosamente colorista que uno creería estar en el Edén. El rumor de sus aguas al alcanzar la cañada agasaja al espectador virtuoso de emociones de otro mundo. Paseantes de dos y cuatro patas fluyen por las orillas con zapatillas de deporte los primeros y uñas sin manicura los segundos. Las señoras más doñas pasean al abrigo de sombrillas de sol y abanicos en mano, contándole a sus amigas las últimas tendencias en ropa parisina. Un perro con un palo en la boca mira de reojo a su dueño que no semeja estar muy dispuesto al juego. Un niño llora al haber sido empujado por otro; un señor pequeño y barrigón obsequia a su esposa con un helado de lima, una pareja a caballo...

Mi tejo y yo

Imagen
Atrás quedan los viejos tiempos sin poder más que contemplarlos desde la estación del ferrocarril y desde sus vías del ayer. Larga es la calzada del tiempo mas se termina antes o después indiferentemente a nuestros aciertos y equivocaciones. Cuesta encajar la frustración máxime cuando debemos escalar su cuello de jirafa. Sea pináculo cotidiano alzado de vitalidad, lucha y empuje. Por veces triquiñuelas de pícaro que conducen a propios y extraños a desvestir un santo para vestir a otro.             Ahora desde la desbocada añada desflorada tantas veces las disposiciones se contemplan borrosas con ojos y miradas propias que para otros quisiéramos. A pesar de conservar parte de los recuerdos sé que he perdido inexorablemente mi principal virtud: la juventud. El anciano tejo rechoncho y retorcido sigue enmarañado a la verja. Lo recuerdo así desde antes de hacerme hombre de provecho. Pero en la actualidad adolece de espíritu joven pues e...

Reflejos de cristal

Imagen
  -¡Cómo pasa el tiempo! -Dijo doña Lupita con voz apagada-. Hoy estoy un poquito más estropeada que ayer.  -Sí querida, la vida no se detiene a echar la vista atrás -contestó la mujer sentada frente a ella-. Aún así creo que esta mañana te ves bien.    Doña Lupita era una mujer, por decirlo así, chapada a la antigua. Una abuela al uso que cualquiera imaginaría entre fogones y demás labores del hogar. Cabello vasto y níveo recogido en un laborioso moño cruzado por dos largas agujas de madera. Nariz aguileña; ojos verdes piadosos y penetrantes. Frente perlada por gotas de sudor, arrugada por el devenir estacional. Mejillas coloradas, pintadas a capricho en un lienzo dispuesto sobre el caballete de su rostro añejo. Labios agrietados, mentón afilado, dentadura postiza y grandes orejas engalanadas con dos pendientes bañados en oro.    -Para tener noventa y un años puedo decir, en general, que sí, estoy bien -contestó doña Lupita, esbozando una sonrisa...

Mi tejo y yo

Imagen
Atrás quedan los viejos tiempos sin poder hacer nada al respecto. Es así cuando los observamos desde la atalaya del presente. El tiempo vivido se marcha solo, con o sin equivocaciones. Cuesta ceñirse a su cintura y aún más cuesta morder su cuello de jirafa.  Pináculo cotidiano alzado de vitalidad, lucha y empuje. Sin embargo en ocasiones, no escasas, triquiñuelas de pícaro que conducen a propios y extraños a desvestir un santo para vestir a otro.  Ahora desde la desbocada añada, desflorada día a día, las disposiciones se contemplan borrosas e incluso con ojos que para otros quisiéramos. Y a pesar de conservar buena parte del ayer éstas han perdido inexorablemente su principal virtud: la juventud.  El anciano tejo, rechoncho y retorcido, sigue enmarañado a la verja. Lo recuerdo así desde antes de las primeras estaciones inconstantes que, presurosas, mi virginidad se llevaron. Empero ahora (tal cual mi reflejo) adolece de espíritu joven. En su lugar se ha asentado una costr...