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El río de la melancolía

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  Corre paralelo a la villa que lleva su nombre, colonizada la contorna por toda clase de árboles, especialmente sauces y alisos. Éstos acunados constantemente por la suave brisa ponderante regalan minúsculos destellos lumínicos filtrados entre las hojas. Los junquillos y las incontables trepadoras crean un vergel tan caprichosamente colorista que uno creería estar en el Edén. El rumor de sus aguas al alcanzar la cañada agasaja al espectador virtuoso de emociones de otro mundo. Paseantes de dos y cuatro patas fluyen por las orillas con zapatillas de deporte los primeros y uñas sin manicura los segundos. Las señoras más doñas pasean al abrigo de sombrillas de sol y abanicos en mano, contándole a sus amigas las últimas tendencias en ropa parisina. Un perro con un palo en la boca mira de reojo a su dueño que no semeja estar muy dispuesto al juego. Un niño llora al haber sido empujado por otro; un señor pequeño y barrigón obsequia a su esposa con un helado de lima, una pareja a caballo...

Experiencia sensorial

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  El cáncer lo devora por dentro rápidamente y sin embargo allí está, detrás de ella, besándole el cuello. Ella Parkinson precoz y sueños quebrados. El teléfono suena bajo el agua, tonos ahogados para composiciones descompuestas. Pan, tres letras sacadas a la luz allá por el seis mil antes de Cristo en alguna parte de Sumeria o en el sur de Mesopotamia. La lluvia purga la acera y pasos lejanos el hormigón… apenas importa. Su esposa apoya las manos sobre la masa, retorciéndola lentamente, sin pensarlo, sin dirigirlo, simplemente amasando como terapia milagrosa de milagros inadmisibles. Él acompaña cada movimiento, dejando resbalar las suyas contra las de ella. Ambos suspiran perlados en sudor comedido… ingredientes perfectamente mezclados. Amasado lento, casi sin quererlo. Levadura, agua, sal y harina fermentando.  Pronto se dirán adiós, muy pronto empero hasta entonces el horno seguirá prendido y los sacos de género apilados en la trastienda. Sus manos pegajosas resbalan por e...

Espeluznante -décimo acto-

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Por veces la morriña me arrulla como agua que fluye por los manantiales de mi niñez. Qué lejos queda pero que cerca sus reminiscencias de tiempos convulsos. No sé si soy parte de algo más grande que yo mismo o por el contrario he tomado la mano del salvajismo más ancestral que, al igual que lo otro, también forma parte de mí. Medito mucho sobre ello y lo hago con una pizca de amargor y una pizca de excitación.  Ante el espejo contemplo ese rostro fatigado y familiar. Le echo más años de los que seguramente tenga. Me enseña la cara, golpeada sin compasión por los puños de la mala vida. Tanto así que pueda llegar (o ya lo ha hecho) ese momento donde mi adicción a la sangre ha nublado completamente cualquier raciocino.  Soy y yo mismo lo reconozco un demonio, pero no de esos mentados en las escrituras o exorcizados por señores con alzacuellos que terminan saliendo por la ventana. No, no, un demonio hombre gustando de vestir con traje y corbata. Metódico, destructor y asesino;...