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Mi tejo y yo

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Atrás quedan los viejos tiempos sin poder más que contemplarlos desde la estación del ferrocarril y desde sus vías del ayer. Larga es la calzada del tiempo mas se termina antes o después indiferentemente a nuestros aciertos y equivocaciones. Cuesta encajar la frustración máxime cuando debemos escalar su cuello de jirafa. Sea pináculo cotidiano alzado de vitalidad, lucha y empuje. Por veces triquiñuelas de pícaro que conducen a propios y extraños a desvestir un santo para vestir a otro.             Ahora desde la desbocada añada desflorada tantas veces las disposiciones se contemplan borrosas con ojos y miradas propias que para otros quisiéramos. A pesar de conservar parte de los recuerdos sé que he perdido inexorablemente mi principal virtud: la juventud. El anciano tejo rechoncho y retorcido sigue enmarañado a la verja. Lo recuerdo así desde antes de hacerme hombre de provecho. Pero en la actualidad adolece de espíritu joven pues e...

La molienda del tiempo

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  Allí está el viejo molino ubicado al lado mismo de quién lo añora. Allí está cuan gigante custodio desde mi niñez más temprana. No puedo evitar un fuerte escalofrío punzando mi espalda. En un segundo o en el rápido chasquido de los dedos se me apelotonan tantos recuerdos y tan diferentes que me estremezco. Me tambaleo y me retuerzo como si un gran dolor abriese mis carnes ante aquella visión castigada por las décadas. Pobre molino desvencijado de piedras planas tomadas por hiedras. Bien podrían contar mil y una historias de lo que allí sucedió. A buen seguro más de las que yo mismo podría rememorar.             Mis ojos se alzan como alza vuelo el azor. Diviso la techumbre parcialmente colapsada a modo de fantasma desmembrado que ha dejado al desnudo sus entrañas y secretos. Aires cansinos pertenecientes a eras rancias se funden con estaciones que a pesar de regresar año tras año nunca vuelven de la misma forma. Vigas negras ...

En lo más alto del ocaso

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  Lejos quedan aquellos años vividos intensamente al cobijo de tilos y robles. Tanto así que le cuesta hacer memoria. Prueba de ello son sus lágrimas sin enjuagar, acompañadas de juramentos malsonantes y ceño fruncido.  Desvalido, enfermo y demacrado… Tito, viejo carcamal con pie y medio en la tumba. ¿A qué espera la muerte? ¿A una cordial bienvenida? ¿A una invitación lacrada? Incluso ella parece formar parte del complot para mantenerlo vivo como a un vegetal.  Esta conjura repite metódicamente momentos tantas veces añorados. Algunas veces se quedan retenidos en su sesera de forma puntual pero mayormente son chispazos efímeros sin orden ni concierto. Días encadenados a semanas y semanas encadenadas a meses, culminando en años interminables. Catarros, toses, pinchazos, reuma, pruebas médicas, artrosis, artritis, orines y defecaciones en el pañal. Problemas físicos de la mano de ese olor desagradable que emana su cuerpo. Desgracias en cualquier caso que hacen hincapié ...

Reflejos de cristal

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  -¡Cómo pasa el tiempo! -Dijo doña Lupita con voz apagada-. Hoy estoy un poquito más estropeada que ayer.  -Sí querida, la vida no se detiene a echar la vista atrás -contestó la mujer sentada frente a ella-. Aún así creo que esta mañana te ves bien.    Doña Lupita era una mujer, por decirlo así, chapada a la antigua. Una abuela al uso que cualquiera imaginaría entre fogones y demás labores del hogar. Cabello vasto y níveo recogido en un laborioso moño cruzado por dos largas agujas de madera. Nariz aguileña; ojos verdes piadosos y penetrantes. Frente perlada por gotas de sudor, arrugada por el devenir estacional. Mejillas coloradas, pintadas a capricho en un lienzo dispuesto sobre el caballete de su rostro añejo. Labios agrietados, mentón afilado, dentadura postiza y grandes orejas engalanadas con dos pendientes bañados en oro.    -Para tener noventa y un años puedo decir, en general, que sí, estoy bien -contestó doña Lupita, esbozando una sonrisa...