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Un difunto muy vivo

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   -¡Menuda familia! ¡Bajo estas condiciones me niego a morir! –Espetó furioso y alterado el duque de Costrosa. No sin esfuerzo abandonó el féretro, escudriñando a los allí presentes con ojos inyectados en sangre. Éstos, estupefactos, parecían haberse quedado petrificados del susto.  La duquesita se había desmayado al ver entre los vivos a su padre. El resto de presentes que mantenían el tipo se miraron entre ellos, intentando asimilar el milagro obrado en aquel velatorio.  -¡Oídme bien! –repuso con voz grave. ¡Me niego! -Sentenció fuera de sí. -¡Me niego!  Pero volvamos atrás en el tiempo para poder comprender los pormenores de tan inaudita resurrección lazariana.  El duque a pesar de sus muchos defectos tenía fama de cabal, dando fe de una agudeza mental destacable, sobre todo para los negocios. La misma se vería puesta a prueba cuando quienes estaban más cerca de él le fallaron de vil modo y peores maneras.  Todo arrancó una noche de julio cuando el...

Cuentos al calor de la chimenea

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  El tesoro pirata Raúl chapoteaba en la orilla, despreocupado y feliz de haber comenzado las vacaciones de verano. No muchos días atrás aún estaba en clase, ayudando a sus compañeros con los exámenes finales. Algunos casos no tenían remedio pero otros sí y éstos, gracias a Raúl, lograban sacar adelante el curso y por ende disfrutar del período estival.  Y con él, disfrutando de la jornada dominical, sus padres y su hermana menor. Además de una enorme sombrilla clavada en la arena el pack lo completaban toallas coloristas de tamaños diferentes; un par de tumbonas, otro par de flotadores de plástico con forma de pato y una nevera portátil no más grande que una caja de herramientas estándar.  Al comienzo de este cuento Raúl contaba trece años y su hermana, Soledad, nueve. Poseían caracteres similares y él, como hermano mayor, mostraba una innata actitud protectora para con ella. Mas no sólo eso, su interés por ayudar a los demás abarcaba amplios territorios. Bien ayudando, ...

Cuentos al calor de la chimenea

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  Cuatro maridos, cuatro esposas y una taberna Las partidas al tute, historias descabelladas y los trabalenguas más complejos no eran lo suficientemente intrincados como para despejar aquellas mentes impregnadas de vino. Sobre todo estos últimos, capaces de adormecer la lengua a base de repetirlos una y otra vez. A sabiendas mejor dedicarse a las partidas de cartas o al dominó porque ninguno se antojaba lo suficientemente intrincado como para merecer el esfuerzo. Además contar con mayor o menor gracia historias escalofriantes yendo hasta arriba de alcohol no solía rematar en nada fructífero…  ¡Qué insufrible condena esta ardua espera! –Voceaban a una y en plan cultureta los cuatro parroquianos presentes, alzando sus tazas de vino como si cada sorbo fuese a ser el último.  El primero hablaba aturulladamente por culpa de los perniciosos efluvios alcohólicos. Su halitosis era sobradamente conocida en el pueblo y alrededores. El segundo asentía atontado, resoplando al tiempo ...

Cuentos al calor de la chimenea

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  El cuentacuentos mentiroso Tú!, sí, ¡tú! Acércate que te voy a contar un cuento al oído. Quizás no se trate, realmente, de un cuento propiamente dicho empero ¿qué importa? Llámalo como gustes.  Érase que se era una vez, hace muchos lustros, un bello reino junto al mar jalonado por elevados picos y caudalosos ríos. Allí vivían una serie de personajes pintorescos como ellos solos. Verás que sí cuando te hable de algunos de ellos…  Vamos a ver, estaba Marisa la poetisa. De la misma manera que te escribía un hermoso y elaborado poema te hablaba del intrincado laberinto del Minotauro o de la ley de los vasos comunicantes. Pero cierto día desaparecieron ella, sus poéticos escritos y sus pláticas… ¡qué misterio! ¡Qué desatino! ¡Qué gran tragedia!  Luego estaba Nero el panadero, regalando a los oídos de la clientela historias de reinos de acá y de acullá. Allá los verdaderos reyes no eran más que mendigos y los indigentes de mentira, entretanto, posaban sus posaderas en tr...

Cuentos al calor de la chimenea

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Ramón el escorpión Ramón era un escorpión fuera de lo común. Normalmente triste y apenado porque a pesar de ser un pedazo de pan los demás animales del bosque lo evitaban. Tal desgracia para él era perfectamente comprensible pues siempre se debe desconfiar de los escorpiones; amenazantes con ese par de pinzas y ese mortal aguijón.  Sin embargo Ramón no era de la familia de los arácnidos al uso, todo lo contrario. Se sentía cómodo rondando a bichos pequeños y bichos grandes, intentando sacarles conversación, aunque fuesen cuatro palabras ceñidas sobre el socorrido estado del tiempo.  Pero sobre todo le gustaban las flores, especialmente aquellas repletas de mágicos colores y cautivadoras fragancias. Paseaba cada mañana entre ellas para empaparse de tan extraordinaria ambrosia terrenal. Con sus pinzas acercaba los frágiles tallos verduscos, tumbándolos con cuidado hacia él para oler profundamente cada pétalo. Las plantas, silvestres en su gran mayoría, iban desde tamaños pequeño...

Cuentos al calor de la chimenea

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É rase tres mosquitos repelentes Érase que se eran tres mosquitos superlativos. Tres molestas entidades que con sus toscos zumbidos iban anunciándose cuan tormenta de verano que en una hora descarga medio otoño. Tres insoportables sarpullidos sin compasión ni medida del daño causado. Tres terremotos de magnitud diez; ni dos ni cuatro… ¡tres! Tres invertebrados voladores deleznables, pesados e inmisericordiosos. Aquellos indeseables cuernos de Belcebú con alas tenían por rimbombantes nombres Pim, Pam y Pum.  Siempre agitaban el melón atacando desde arriba, lanzando letales picados sobre sus objetivos. Para ello plegaban las alas en plan halcón peregrino, acomodándolas hacia atrás para alcanzar mayor velocidad de descenso.  Érase que se eran tres contumaces mosquitos gozosos de vivir al margen de la ley y de lo mínimamente tolerable. Dos más uno o cuatro menos uno empero siempre tres ¡véase por dónde se viera! Listos y dispuestos a cazar porque así era su condición natural y uno...

Cuentos al calor de la chimenea

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  Los tres borricos Hace tiempo, aunque no tanto como podáis pensar, vivieron en una pedanía manchega dos borricos y su pintoresco dueño. Los cuadrúpedos tenían por nombre; el de mayor edad (más o menos nueve años) Citronio y el otro, más joven, (en torno a los siete) Berenjeno. Su propietario, de largas piernas peludas, cara huesuda y brazos como dos tiras de esparadrapo llevaba por nombre Severino Camacho, si bien todos le tiraban por “el de los borricos”.  Cierto día del mes de julio allá que estaban los tres, en el monte. Severino tomaba sin prisa pero sin pausa un tentempié al abrigo de la sombra protectora brindada por pinos y eucaliptos. Para Camacho aquello era pura rutina pues su oficio de leñador habíalo ligado al monte desde joven. Ahora bien, no era leñador como los de hoy en día sino como los de antaño, con su hacha en ristre, bien afilada, y tracción animal para el transporte de los troncos.  Oficio duro para tipos duros, indudablemente. En verano el negocio...