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La musa de las coletas

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  El Umbral del Sueño Giovanni Ricci era, sin lugar a dudas, el escritor francés de origen italiano más exitoso en lo que al género del terror se refiere. Desde que su primera obra había roto los récords de ventas su nombre resonaba tanto en las librerías como en las mentes de quienes amaban lo tétrico y macabro. Sin embargo lo que pocos sabían era que su inspiración, aquella chispa que lo había encumbrado, hacía meses que lo había abandonado. Este hecho constituía una verdadera tragedia para quien como él vivía de la literatura. Desde entonces, el genial autor se encontraba en una espiral de autodestrucción. Cada noche, sentado frente al portátil, veía un abismo insondable que parecía agarrarlo del cuello para llevárselo a las profundidades del Tártaro. Para combatir aquel vacío habíase sumergido en una adicción que mantenía en secreto: la cocaína. Las líneas blancas eran lo único que, según su entendimiento, lo mantenían cuerdo, atándolo a este mundo. Su día a día terminaba llená...

Nostrum terra

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  No sé cómo pudo empezar esta historia pero sí sé dónde fue. Arrancó en una ciudad protegida, al igual que otras muchas, por una enorme cúpula de energía refractaria. Era la única forma en la que los humanos podíamos vivir en este mundo devastado por las sucesivas guerras, tanto contra nosotros mismos como enfrentando razas provenientes de otras galaxias. A las afueras de la misma destacaban vastos campos verdes solapados entre montañas bajas y ríos caudalosos. En su conjunto formaban el único lugar de esparcimiento libre de contaminación.       Dicen que en algún lugar de aquella urbe; tal vez en un almacén, quizás en un sótano o a lo mejor en la parte trasera de un taller clandestino, alguien había creado un cíborg. Esas mismas bocas destacaban su gran capacidad de aprendizaje cuántico; su espíritu aventurero e indomable carácter. Respondía al curioso nombre de Cp40. Frisaría por aquel entonces los ochenta años pero cuando estás hecho de materia viva y componentes...

Cuentos al calor de la chimenea

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  Una madre, cuatro hijos y la odisea del pan            —¿Conocéis la historia de la madre afligida?      —No señorita.      —¿Queréis que os la cuente?      —¡Sí! —Gritaron emocionados los alumnos de quinto de la Enseñanza General Básica.      —Veréis niños, una madre con el corazón roto lloraba desconsoladamente día y noche. Nada parecía calmar aquella angustia ni aquel dolor punzante.      —Señorita ¿y por qué lloraba?      —Porque no encontraba a sus cuatro hijos. Habían desaparecido al alba e impotente la madre rezó mucho al buen Dios para que tuviese a bien devolvérselos sanos y salvos.  Al pasar el tiempo pero no el dolor esta mamá valiente decidió salir a buscarlos. Se echó a los caminos sin descanso, preguntando por aquí y por acullá. Tan ardua tarea la llevó por muchas villas; algunas cerca otras en cambio lejanas como el mar. Algunas le resultaban...

El libro envenenado

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Hoy, igual que ayer, mi macuto viene repleto de mundologías. Emociones dentro de mí que extirpan de raíz cualquier mala praxis. Cúmulo de adversidades que en algún momento de la vida encapotaron la tranquilidad del que se sabe sufridor. Mas parecen haberse disipado razones y razonamientos a tales circunstancias. No soy el mejor ni aspiro a serlo así como tampoco la araña es consciente de su prisión de seda.             Soy tunante nombrado gentilhombre, mayúsculo despropósito tal hecho. Gobernante del gemido; bogando en aguas mansas tan ponzoñosas como turbias. ¡Mi macuto! A la espalda lo llevo, cargado de culpas y pesos asociados a una larga vida. No obstante la noche y el día tienen cosas que callar y también sopesan lo suyo… Juegos malabares de pocos minutos en el semáforo de la esquina. Somos testigos pero no dejamos moneda. Yo, sin ser el mejor gano y siendo el peor ¡vuelvo a vencer! ¡Con o sin divisa!     ...

Advenimiento -tiempo de escuela-

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Qué lejos queda el colegio. Como para llegar a él en un abrir y cerrar de ojos. Cuanto más ando el camino éste más se empeña en estirarse como pulseras de goma. Cada paso me aleja del centro educativo. ¿Merece la pena ser consciente de ello? La ruta toma valor infinito si bien es así a ojos de jovenzuelo. Estoy en clase de geografía. Intento señalar en el mapa que cuelga de la pizarra un punto concreto. No lo sé hacer; no sé ubicarlo y me quedo en suspenso, latente e inactivo… Oteo por la ventana a una mujer del rural que transita por la calle con paso apurado. ¡Qué envidia me embarga! Ella no se haya abstraída como yo. Sabe perfectamente hacia dónde va. En cambio yo no sé nada; mucho menos localizar un estúpido punto en el plano…             La profesora se impacienta, mis compañeros se burlan y yo me quiero morir al ser protagonista del ridículo del día. El ventanal es mi escape hacia la libertad, cosa que nadie podría entender. M...

Advenimiento -el hombre del saco-

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  Alguien me persigue así que huyo hacia la caverna de roca. Allí dentro las estalactitas crecen en el suelo; las estalagmitas salen del techo y el agua discurre a contracorriente… Confío en despistar a este inoportuno acechador que busca convertirme en lo que no soy. Cambio de tercio y me pongo a pensar… No recuerdo dónde he aparcado el coche. Creo haber estado medio día tratando de dar con él mas resulta misión imposible al tratarse de un vehículo corriente; amigo de las averías.             Me seducen las pequeñas y grandes calles llenas de gente. Calles angostas sin salidas cómodas marcadas por un intenso olor a orines. La plaza mayor está ahí, llena de piedras levantadas, pozas de agua, locales de mala muerte, bares de perdedores y tiendas con el cierre echado. ¡La vida misma!             Entonces me veo en la gran avenida. No ha cambiado demasiado en estas últimas déc...

Advenimiento -el recto camino-

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El camino está parcialmente pavimentado. Árboles a ambos lados, descuidados y retorcidos. Al final lo que semeja una catedral o lo que de ella queda. Cantos y cuatro tejas cuelgan de puntales podridos…             En su interior tal vez aguarden almas en espera de ser atendidas. Me pierdo varias veces en aquel lugar intrincado. Demolido sí, pero al mismo tiempo lleno de incuestionable belleza salvaje. Paso por adoquines gastados y ligeramente levantados. Dejo atrás piedras en los márgenes y piedras tiradas de cualquier manera en el patio. Cuento lo menos tres portales de hierro forjado que no sirven para nada. Veo una escalera que desciende, otra que algún día ascendió y sobre todo musgo a manos llenas…             Pero ya no, en este momento estoy perdido mientras subo, sin saber el porqué, una colina de tierra desnuda. ¿Qué me impulsa a tal labor? Es que no recuerdo haber lleg...