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Amissa sanitate

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  Qué frágil la mente humana cuando se resquebraja en diminutos vidrios, rindiéndose ante el hastío más absoluto. Enhebrando agujas de rendición por ominoso agotamiento; manteles de algodón recogidos y amontonando frutas prohibidas. Qué detestable aceptarse débil de aliento y anoréxico de arrestos.  Esta basura inmunda todo lo contamina con pegotes petroleados. A esta lacra mugrienta la temo por ser desazón del angustiado, rezo del condenado libidinoso y baile cojo de sílabas irregulares. Pero también diáspora de sensaciones propias y ajenas alrededor de graznidos reconocibles; de tijeras ensangrentadas y heridas costrosas que deben ser raspadas.  El resto de media mitad hiere con el canto afilado de la navaja a las almas esquizofrénicas, titilando dialectos primigenios. Juegan entre verdes pastizales con rostros escondidos bajo máscaras de ojos tristes y bocas vacías. Escrupulosas ellas ocultan el verdadero nosotros con caras cuarto menguante y muecas enmohecidas. Rabia ...

Espeluznante -decimotercer acto-

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  Y por fin abre sus puertas esta narrativa no inventada, punteada por melódicos sonetos tristes y charlas penosas entre amigos. Soy peregrino de la vida llegado de lejanas tierras; maestro para quienes deseen instruirse, quitándoles en ello cualquier rebaba del más enconado y oscuro desconocimiento. Llegué a este monasterio en busca de renovarme por dentro; espiritualmente herido y sin más presentes que mi humilde e imperfecta persona.  Hacíase vital compartir mis vivencias, sobre todo una de ellas, aquella que más me angustia y aquella que en mayor medida me reconcome por dentro. Es ley no escrita que entre hombres de bien no existan secretos y por mi parte así será. Confío hallar la sosegada templanza de ánimo que tanto ansío, elevando mi espíritu más allá del firmamento. Por ello y como uno más de los hermanos que me han acogido con los brazos abiertos tomo pluma, papel y tinta para plasmar esta funesta historia que rueda sobre una venganza.  Talijaman era una nación ...

Espeluznante -duodécimo acto-

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  Decir que no existen es tanto como afirmar la negligente mirada que uno tiene del mundo. Ignorarlos es lo mismo que una invitación abierta para que uno tras otro, en lento peregrinaje, se presenten tañendo campanas de imperecederos suplicios.  Yo era uno de esos muchos ignorantes que creen saberlo todo. Pobre de ellos y pobre de mí. Pero es que además me regodeaba de ello, alardeando orgulloso de lo que daba en llamar supersticiones de ignorantes y charlatanes de medio pelo. Dicen los que de esto saben que antes o después uno termina encontrándose con el auténtico reflejo que el espejo le devuelve. Ciertamente fui incrédulo y con esa incredulidad construí lo que consideré durante mucho tiempo como férreos valores inquebrantables. Bajo mi punto de vista la vida de cualquier persona estaba perfectamente estructurada ya que vivirla no deja huecos a supercherías baratas. Sin embargo estaba tan equivocado…  Sea como fuere aquello que tenía por sentado terminaría tambaleándos...

Un conde, un tuerto, dos mujeres y un bebé

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  La señora Obdulia entra en escena, lleva en brazos a su hijo Vicentín.  -A ver, qué sucede aquí que ya ni dar la teta al niño se puede con esta barahúnda…  -¡Señora Obdulia! –Le grita desde el pilón una mujer gruesa que está retorciendo con ahínco una sábana más vieja que Matusalén. –A resultas el señor Conde se ha encamado con una de esas vedettes capitalinas. Dice Josefa la del Venancio y Paca la del matarife que vivió su mocedad acá en el pueblo. Como le digo, fue una más de las nuestras sin embargo por más vueltas que le doy no le pongo cara a la muy desvergonzada…  Desde el camino aledaño al pilón les habla con aspavientos un tuerto desdentado de nombre Eulogio. Se mete las manos en los bolsillos al tiempo que agita con maestría sublime un mondadientes pegado a los labios.  -¿Acaso a ustedes tanto les atañe la vida de los demás? El señor Conde pues que se arrejunte con quien le venga en gana que para eso es de cuna y ustedes dos deslenguadas metic...

Mi tejo y yo

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Atrás quedan los viejos tiempos sin poder hacer nada al respecto. Es así cuando los observamos desde la atalaya del presente. El tiempo vivido se marcha solo, con o sin equivocaciones. Cuesta ceñirse a su cintura y aún más cuesta morder su cuello de jirafa.  Pináculo cotidiano alzado de vitalidad, lucha y empuje. Sin embargo en ocasiones, no escasas, triquiñuelas de pícaro que conducen a propios y extraños a desvestir un santo para vestir a otro.  Ahora desde la desbocada añada, desflorada día a día, las disposiciones se contemplan borrosas e incluso con ojos que para otros quisiéramos. Y a pesar de conservar buena parte del ayer éstas han perdido inexorablemente su principal virtud: la juventud.  El anciano tejo, rechoncho y retorcido, sigue enmarañado a la verja. Lo recuerdo así desde antes de las primeras estaciones inconstantes que, presurosas, mi virginidad se llevaron. Empero ahora (tal cual mi reflejo) adolece de espíritu joven. En su lugar se ha asentado una costr...

¡Oh, trabajo mi trabajo!

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  El cine y el mundo laboral tienen mucho en común ¿No me creen? Pues les invito a acompañarme por este breve a la par que intenso viaje. Ya después podrán sacar sus propias conclusiones.    Pongamos como punto de partida la afamada película “Alíen”. Y ahora vayamos por partes, como diría el destripador de Londres. Un bicho más feo que pegarle a una madre, parco en palabras y con halitosis. Vamos que no tuvo demasiadas oportunidades para demostrar su profesionalidad. Mas aquí comienza lo bueno, la historia del babas de marras que jamás les han contado. Sin embargo para eso estoy yo aquí ¡para contársela! Realmente este ser de otro mundo había comenzado su actividad profesional como becario en una morgue. Si lo piensan con detenimiento no es tan raro, ahora bien, hablar lo que se dice hablar más bien poco o nada. Eso por no mencionar su mal genio y la bata blanca que, al cuerpo que tenía, no le sentaba bien. Ciertamente no duró mucho en su puesto porque allí los estóma...

Espeluznante -primer acto-

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  Jueves 17 de Julio de 2008 Feliciano habíase trasladado a la calle Angustias, ubicada en pleno centro del Madrid más añejo y atemporal. Sus apurados andares lo conducen al popular edificio rojo, aquél cuya afilada proa rompe imperiosa, desde hace lo menos doscientos años, el bullicio de tres calles que se patean apresuradamente; santiguándose los más preventivos. “El diablo rojo” así se lo conoce aún hoy en día, fermento de oscuras leyendas castellanas paridas por la España profunda que se aferra a supersticiones ancestrales…  En el susodicho la tercera planta concentra cuantiosas historias, las hay para todos los estómagos. Muchas de ellas fueron investigadas por diversos equipos multidisciplinares nacionales e internacionales. Sin embargo ninguno ha logrado encontrar una explicación convincente y definitiva ¿será que el edificio rojo no desea ser desentrañado?…  La espartana puerta que da a la calle recibe a cualquier entremetido, sin importar la normativa del ayuntam...