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108 puñaladas

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  El entierro La tarde a todas luces desapacible, parecía querer pasar desapercibida entre el altozano del norte, los árboles del este y el pequeño pueblo al sur, cerca del río Verdugo. Y qué decir del frío, bañaba aquel interminable día de Enero con la tensa calma del tiempo entre guerras. Metíase en los huesos como espadas entrando a matar, sin lastima ni cargo de conciencia.   Y llovía rabiosamente, era verdad que la mañana arrancara con cuatro gotas mal contadas empero al lento transcurrir de las horas, sobre todo por la tarde, habíase intensificado hasta convertirse en aguacero. Aparcados a la entrada del cementerio un puñado de coches y otro puñado de personas. Paraguas en mano habían dejado atrás, apresuradamente, el sendero de grava remojada por el aluvión que discurría alegre por la inclinación del terreno.   Don Nicanor, el cura, era un señor de mediana edad. Orondo, pelo canoso y con dificultades para hacerse entender debido a un leve ictus sufrido meses ...

Doble cristal

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La noche mostraba sus colmillos en forma de anochecer especialmente caluroso y así llevaba siendo el último mes. Conciliar el sueño se convertía en misión poco más o menos imposible. Calisto perdiera la cuenta de las veces que se había levantado en procura de agua, al baño o simplemente clavar la mirada a través del cristal de la ventana.  Aguzaba los sentidos cautivos de aquella relativa tranquilidad nocturna, interrumpida por batallones de grillos interpretando en directo sus mejores melodías de cortejo. Otro mundo dentro del propio mundo, así lo veía; uno al abrir el día y otro al cerrarse. Sin embargo esa noche iba a ser diferente, grandemente diferente y en consecuencia nada volvería a ser igual…  Como tantas veces habíase incorporado del camastro, sudando como sudaría un velocista recién cruzada la meta. Bajó a la cocina, bostezando, rascándose la barriga y quitándose las legañas. Se deslizó descalzo escaleras abajo para entrar a lo autómata en la cocina. Abrió la never...

Navidad del 82

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  M is recuerdos enconados sobrevuelan la nochebuena del 82. Por aquel entonces contaba quince años y siendo sincero no creía en nada de esas cosas fomentadas al amparo del espíritu navideño. Por aquella época las estrecheces invadían mi hogar como chinches los colchones. Yo creía ser más listo que el hambre cuando en realidad y dados mis quince años no sabía de la misa ni la mitad. Para mí la navidad únicamente tenía sentido en aquellos hogares pulcros a los que de nada les faltaba.  Definitivamente aquel año y aquellas fiestas estaban por pasarme por encima cuan camión de cuatro ejes. Con mi nariz de niño olfateaba desde las calles la dicha ajena en forma de abetos decorados, guirnaldas de colores y opulentos platos a la mesa. Con qué gusto habría roto cada ventana de esas casas a pedradas…  Con quince años se absorbe todo, al igual que una esponja el agua, aunque luego seas incapaz de acertar con el significado de las cosas. Algunos eventos quedan grabados para siempre...

El arbusto

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  A quel arbusto debiera haber sido un conjunto de virtuosismos parido por la madre naturaleza. Si algo llegaba a ser inconcebible era el hecho de aceptar que aquella obra de arte contenía en sus entrañas una maquinación perniciosa, inquietante y aterradora. Todo un misterio que abarcaba más allá del amplio horizonte de la razón, llevando al límite cualquier frágil frontera entre luces y sombras.   Del resto fresca y lozana presencia, aroma penetrante y porte galante firmaban el más acertado regalo conociendo los gustos de doña Aurelia, una señora entrada en años amante del reino vegetal en su amplia complejidad.   Residía en una casona solariega venida a menos, cerca del antiguo cementerio de coches reconvertido a parque público tras años de lucha enfrentando vecinos y concesionaria.     El arbusto de marras no le resultaba familiar. No se consideraba una experta cinco estrellas en la materia pero sí poseía suficientes conocimientos como para reconocer ...