108 puñaladas
El entierro La tarde a todas luces desapacible, parecía querer pasar desapercibida entre el altozano del norte, los árboles del este y el pequeño pueblo al sur, cerca del río Verdugo. Y qué decir del frío, bañaba aquel interminable día de Enero con la tensa calma del tiempo entre guerras. Metíase en los huesos como espadas entrando a matar, sin lastima ni cargo de conciencia. Y llovía rabiosamente, era verdad que la mañana arrancara con cuatro gotas mal contadas empero al lento transcurrir de las horas, sobre todo por la tarde, habíase intensificado hasta convertirse en aguacero. Aparcados a la entrada del cementerio un puñado de coches y otro puñado de personas. Paraguas en mano habían dejado atrás, apresuradamente, el sendero de grava remojada por el aluvión que discurría alegre por la inclinación del terreno. Don Nicanor, el cura, era un señor de mediana edad. Orondo, pelo canoso y con dificultades para hacerse entender debido a un leve ictus sufrido meses ...