La grúa
—Don Rogelio ¿se encuentra bien? Don Rogelio ¡despierte! Poco a poco vuelvo en mí, otorgando formas y colores a aquello que tengo delante de mis luceros. Éstos se desperezan paulatinamente, distinguiendo entre esas formas a una mujer anciana hablándome con vocablos metálicos y lejanos. —Don Rogelio, ¿quiere que avise a alguien? —Su voz suena cercana y más natural a medida que mi cabeza regresa... —No gracias, no es menester —replico, levantando del suelo mis octogenarios huesos. Es bastante evidente la cara de preocupación de la señora. Estoy aquí y allá, confuso en cualquier caso. Toco mi cuerpo y lo exploro de pies a cabeza. Recién despierto y recién llegado de algún rincón del tiempo. Busco familiarizarme con el entorno y curiosamente se me hace conocido y desconocido a la vez. El cielo está rojo intenso, concentrándose las nubes en círculos estrechos y alargados. Entre éstas se dispone un espacioso agujero oscuro del cual salen intensos fogonazos lumín...