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La grúa

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—Don Rogelio ¿se encuentra bien? Don Rogelio ¡despierte! Poco a poco vuelvo en mí, otorgando formas y colores a aquello que tengo delante de mis luceros. Éstos se desperezan paulatinamente, distinguiendo entre esas formas a una mujer anciana hablándome con vocablos metálicos y lejanos.  —Don Rogelio, ¿quiere que avise a alguien? —Su voz suena cercana y más natural a medida que mi cabeza regresa...  —No gracias, no es menester —replico, levantando del suelo mis octogenarios huesos.    Es bastante evidente la cara de preocupación de la señora. Estoy aquí y allá, confuso en cualquier caso. Toco mi cuerpo y lo exploro de pies a cabeza. Recién despierto y recién llegado de algún rincón del tiempo. Busco familiarizarme con el entorno y curiosamente se me hace conocido y desconocido a la vez.  El cielo está rojo intenso, concentrándose las nubes en círculos estrechos y alargados. Entre éstas se dispone un espacioso agujero oscuro del cual salen intensos fogonazos lumín...

Luces en la deriva, sombras en la penumbra

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  Ni luces en la deriva ni sombras en la penumbra. Somos retenes antiincendios equipados con mangueras de gasolina. Reconozco cada llamada de auxilio en boca del pordiosero porque podríamos ser cada uno de nosotros si los giros del timón fuesen con otro rumbo. Agotado y asqueado él mejor que los demás puede oler la inmundicia vestida de traje y corbata.      Toda esperanza se desvanece encallada en bancos de arena y roca; aires preponderantes atizando a los cuatro vientos mientras que éstos se hacen pasar por tres. Castigados a látigo, expiando culpas a hierro y sangre porque esta última frontera, libre de condescendencia, aparece lejana y mascada por claroscuros estroboscópicos.      Ni luces en la negrura ni deriva en pos de la penumbra. Sea el tiempo bordado por hilos de esclava condescendencia; aureola visceral postrándonos débiles a cada giro de la rueda llamada vida.      Gusanos del limo ignorantes de tan innoble condición; ...

El lago

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  S u padre amaba la pesca y antes que él su abuelo. Era inevitable que Fidel terminase por amarla también. Esta es su historia, tan increíble como veraz y yo, humilde narrador doy fe a tal excepcional hecho. Los acontecimientos que pasaré a contar carecen de conexión con este mundo pragmático mas no por ello pierden un ápice de verdad. Ahora bien dependerá de cada uno de ustedes creérselo o no.   La casona familiar sigue estando enclavada en un paraje de ensueño. Árboles frondosos, fauna espectacular, cielo siempre azul y sobre todo el gran lago. Su extensión y caudal son considerables a pesar de las sequías que han asolado la región en los últimos años. No menos destacable lo profundo del mismo; de hecho dicen que a partir de los diez metros de inmersión la visibilidad mengua exponencialmente. Sin duda aquello es territorio de peces y no de personas.                     ...

14 demonios

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  Su desmesurado interés por llegar hasta mi reino no deja, cuanto menos, de sorprenderme —pronunció en tono ceremonial el rey de los demonios, sin dejar de mirar de pies a cabeza al forastero que tenía de pie frente a él—. He conocido a mequetrefes como usted —prosiguió platicando sin bajarse del trono en el cual se mecía plácidamente —, mayormente creen tener lo necesario para ganar mi vesánico amparo. Mas pocos, muy pocos son los que se plantan ante mi estampa con algo más que sus miserables cuerpos y almas corrompidas. Leo su mente como si de un mamotreto abierto se tratase; puedo estrujar cada pensamiento cuan uvas amontonadas en el lagar y ver cada acción por insignificante que ésta sea. Desde luego usted despierta mi fisgoneo. Aquí está, sin más que ese inútil amasijo de carne y hueso desposeído de aura. Pero usted eso ya lo sabe porque ha renunciado gustoso a ella. Ahora mismo se está quemando dos salones bajo nuestros pies...             ...

Insomnia

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  C eferino Pardal no estaba para tonterías ni tampoco para tratar con sus iguales. Indudablemente todo un personaje, alguien digno de ser estudiado en profundidad. Merecería incluso la pena conservarlo en formol con un epitafio en letras gordas que rezase: “muerto el perro se acabó la rabia”.  Falleció de noche en el centro de mayores de una ciudad cualquiera a la nada desdeñable edad de noventa y cinco años. El doctor Arsenio Casas y su ayudante, la jefa de enfermeras Cándida Lorca, fueron las últimas personas en verlo con vida. Y según juramento de testigos presenciales sus caras, una vez concluías las diligencias médicas, eran un poema. Jamás hablaron de lo que en aquel cuarto sucedió o de lo que pudieron haber visto. Ni siquiera el padre Agustín encontrara fuerzas para articular palabras de reconforte. Se limitaba a besar fanáticamente, una y otra vez, el crucifijo que le colgaba del cuello.  Ceferino Pardal tenía fuerte carácter y esto lo sabían perfectamente famili...